Biografía y Contacto

Fotografía del autor: Alejandro Zenker 

Poeta, narrador, ensayista, periodista y editor. Nació en Bogotá, Colombia, en 1963. Ha publicado dos ediciones del poemario Apocalipsis de la rosa (Quimera del Oro 1988 y Hojas Sueltas 1990); la novela Ritual de títeres (ganadora de Beca Colcultura en 1990: Tiempos Modernos Editores, 1992); El Tempestario y otros relatos (Común Presencia Editores 1998 y CreateSpace 2011); La palabra liberada (Colección Los Conjurados 2001, 2005 y 2009); Oscuro Nacimiento (Mención concurso nacional José Manuel Arango, Colección Los Conjurados, Bogotá, 2005, 2006 y 2010) y La morada fugitiva (2014). Han aparecido tres antologías que recogen su obra poética: Anticipaciones (CreateSpace, California, 2011), Liberación del origen (Universidad Nacional de Colombia, 2003), y El legado del fuego (Caza de Libros, Ibagué, 2010). 

En 1989 participó en la fundación de la revista cultural Común Presencia (reconocida con Beca Colcultura a mejor publicación cultural del país, 1992), de la cual es su director. Es creador y coordinador de la colección de literatura Los Conjurados, actualmente distribuida en cinco países. Dirigió el programa televisivo Letra Viva. Es Fundador y Director General del semanario virtual Con-Fabulación, reconocido con el Apoyo al Mejor Medio Virtual (Ministerio de cultura 2011 y 2012), que actualmente cuenta con 100.000 suscriptores. Es Asesor del Festival de Literatura de Bogotá.

Varios de sus poemas y relatos han sido traducidos al inglés, francés, alemán, árabe, italiano, portugués, japonés, afrikaans, gallego y braille; y figuran en 35 antologías. Es co-director del Día Mundial de la Poesía (versión Colombia) instituido por la Unesco. Obtuvo el Premio Internacional de Ensayo Maurice Blanchot (2007), con su trabajo "La Pregunta del Origen". Por su libro Grandes entrevistas de Común Presencia  (Colección Los Conjurados, 2010); le fue concedido el "Premio Literaturas del Bicentenario", del Ministerio de Cultura. En esta extensa antología periodística se encuentran sus conversaciones con E.M. Cioran, García Ponce, Baurdillard, Saramago, Sabato, Vargas Llosa, Enzensberger, Fuentes, Goytisolo...


Su obra ha sido comentada por importantes poetas y pensadores de nuestro tiempo como: E.M. Cioran, Roberto Juarroz, José Ángel Valente, Bernard Noël, Fernand Verhesen, António Ramos Rosa, Alfredo Silva Estrada, Claude Fell, Roger Munier, Olga Orozco, Antonio Gamoneda, Eugenio Montejo, Claude Michel Cluny, Armando Rojas Guardia, Martha Canfield, Franco Volpi, Jorge Rodríguez Padrón, Marco Antonio Campos...



Su novela Ritual de títeres, fue reeditada en 2011 para conmemorar los veinte años de su aparición. En 2012, 30 artistas realizaron un homenaje a esta obra pintando escenas, imágenes o personajes, entre quienes sobresalen: Pedro Alcántara Herrán, Jim Amaral, Gastón Bettelli, Nicolás De la Hoz, Eduardo Esparza, Germán Londoño, Ángel Loochkartt, Fernando Maldonado, Octavio Mendoza, Fabiola Flórez, Sergio Trujillo, Jairo Pinto, Patricia Tavera y Armando Villegas. Fue publicado un completo catálogo y la muestra fue exhibida durante el mes de noviembre en la galería La Escalera de Bogotá. La muestra se hizo itinerante y fue expuesta en febrero de 2013 en La Casa del Libro Total, en Bucaramanga; en junio de 2013 en el Museo de Arte Moderno del Magdalena y en julio de 2013 en La Aduana en Barranquilla.

Ha participado en Encuentros de Poesía o dictado conferencias en una veintena de países. De 2009 a 2013 ha sido nominado al Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca (Granada, España). Desde el año 2006 dirige el Taller de Creación Poética del Departamento de Literatura de la Universidad Nacional de Colombia. Actualmente prepara un libro de reportajes a grandes artistas plásticos contemporáneos, entre quienes se encuentran: Roberto Matta, Jacobo Borges, Armando Villegas, Oswaldo Guayasamín, Fernando de Szyszlo, Edgar Negret, Leonel Góngora, Omar Rayo...

Gonzalo Márquez Cristo
E-mail: comunpresencia@yahoo.com

Antologías


Sus trabajos han aparecido en 35 antologías y numerosas publicaciones entre las cuales resaltamos: Ensayistas bogotanos (Antología, Común Presencia Editores, Bogotá, 2013); Extravíos: Comentarios bibliográficos de ida y vuelta (autor Gabriel Arturo Castro, Klepsidra Editores, Pereira, 2013); Villegas (Catálogo Enlace-Arte contemporáneo, Lima, Julio de 2013); Revista Casa Palabras (Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, Julio 2013); Colombie: Catharsis de la violence (La Vache Bleue- Consulado General de Colombia, París, 2013); Lesen Sie Gedichte (Viena - Austria, marzo de 2013). 
Homenaje a Gonzalo Márquez Cristo: 30 artistas interpretan la novela Ritual de Títeres (Catálogo Galería La Escalera, Bogotá, noviembre de 2012); Una fantasía visual (Colección de Arte Club El Nogal, Bogotá, 2012); Panorama de la literatura colombiana en la Confederación Helvética (Edición trilingüe alemán-francés-español, Gimnasio Moderno, Bogotá, 2012); La noche del Ángel (Catálogo Galería La Escalera, septiembre de 2012);  Panorama of the Americas - Cuento "El mago" (edición bilingüe, Copa Airlines Magazine, Julio de 2012); Ómnibus Revista Intercultural (Julio-Septiembre de 2012, Madrid, España); El juego de la interpretación - Homenaje a clásicos del erotismo (Galería Alonso Arte, Bogotá, 2012); Revista Los Torreones No. 1 (Gimnasio Moderno, Bogotá, 2012), Memorias del XXII Festival Internacional de Poesía de Medellín (Ediciones Prometo, Medellín, 2012); República del viento - Antología de poetas colombianos nacidos en los años sesenta (Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, 2012). 
Roberto Matta, una ocasión (Foramen Acus Ediciones, Santiago de Chile, 2011); Poesía colombiana 1931-2011 (Ministerio de Cultura, Universidad Nacional, Común Presencia Editores); Antología de poesía contemporánea México-Colombia (Cangrejo Editores, Bogotá, 2011);  Víacuarenta (No 9, Barranquilla, 2011). 
Frutas y sangre - Antología en árabe de la Poesía Colombiana del Siglo XX (Selección y prólogo de Muhsin Al-Ramli, Argelia, 2010); Párrafos de aire: primera antología del poema en prosa colombiano (Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, 2010); Anterem (No 81. Verona, Italia, 2010); Poemas perversos (CreateSpace, California, 2010); La Otra (Revista de poesía No 8, México D.F., 2010); En sentido figurado - Literatura colombiana (Revista No 6, México D.F., 2010). 
Con-Fabulación 100 (Los Conjurados, Bogotá, 2009); Panorama virtual de la nueva poesía colombiana (Ulrika, Editores, 2009), Desde el umbral II - Poesía colombiana en transición (Ediciones UPTC, compilada por Jorge Eliécer Ordóñez, 2009). 
Antología de la Poesía Colombiana 1958-2008 (El Perro y la Rana, Caracas, Venezuela, 2008); Poetas Bogotanos (Coedición Fundación Alzate Avendaño y Los Conjurados, Bogotá, 2008); El coloquio insolente (Editorial Visa G, Neiva 2008); Memorias del XVIII Festival Internacional de Poesía de Medellín (Ediciones Prometo, Medellín, 2008); Memorias del V Festival Mundial de Poesía, Caracas (Casa Nacional de la Letras, Venezuela, 2008); Revista Hojas Sueltas (Neiva, 2008), RevistAtlántica -dedicada a Colombia (España, 2008); Revista del Carnaval (Heriberto Fiorillo Editor, Barranquilla, 2008), Revista Mefisto (Pereira, 2008); Segunda antología del cuento corto colombiano (Universidad pedagógica Nacional, Bogotá, 2008); Revista Fractal: Literatura colombiana, No 45 / 46 (México, 2008). 
Mundo mágico: Colombia (Ediciones Bagacao, Brasil, 2007); Antología de poesía colombiana: 1931-2005 (Ediciones UNAM, México D.F., 2006); Memorias Encuentro de Poetas Palabra en un Archipiélago (Lisboa, Portugal, 2006); Nosotras, vosotras y ellas (Ediciones Desde la Gente, Buenos Aires, 2006); El placer de la brevedad (Tunja, 2005); Madame destino (Ediciones Punto Seguido 25 años, Medellín, 2005); Encuentro de poetas del Mundo Latino (Morelia, México, 2004); Textura urbana (disco larga duración, poema "Orilla de carne" de Gonzalo Márquez, música compuesta por Juan Carlos Arboleda, Bogotá, 2003); Antología de la Poesía Hispanoamericana de Julio Ortega (Buenos Aires, 1997); Inventario a contraluz (Arango Editores, Bogotá, 2001); Tambor en la Sombra (Ediciones Verdehalago, México, 1996), realizada por Henry Luque Muñoz; Antología de la Poesía Colombiana (El Áncora Editores, Bogotá, 1997), compilada por Rogelio Echavarría; Cuentistas bogotanos (Editorial Panamericana, Bogotá, 1998); Quién es quién en la poesía colombiana (El Áncora Editores, Bogotá, 1998); Memorias del IX Festival Internacional de Poetas de Medellín (Publicaciones Revista Prometo, Medellín, 1999)...
Ha realizado prólogos para varios libros como: Discursos Premios Nobel Tomo 3 (Común Presencia Editores, 2004); La casa leída, antología universal (1996); Poesía vertical, antología de Roberto Juarroz (Colección Los Conjurados, 2001); Revelación y caída, antología de Georg Trakl (Los Conjurados, 2002); Poemas escogidos de Giuseppe Ungaretti (2003); Memoria de aprendiz de Yirama Castaño (2011); Fantasmas para noches largas  de Martha Cecilia Rivera (Colección Los Conjurados, 2014)...
Sus textos han sido reproducidos también en numerosos periódicos y páginas virtuales.

Homenaje a Ritual de Títeres



La Galería La Escalera, acogiendo la propuesta de Fabiola Flórez, Nicolás De la Hoz, Fernando Maldonado y Eduardo Esparza, de interpretar episodios o imágenes de Ritual de títeres de Gonzalo Márquez Cristo, apoyada febrilmente por varios de los más prestigiosos artistas colombianos, rinde tributo a esta novela de culto, que acaba de cumplir veinte años de publicada, exhibiendo la perturbadora muestra de las 30 obras que nos adentran a su esencial universo literario.

Este hecho sin precedentes, donde una legión de virtuosos artistas, se sumerge en las decisivas palabras de uno de nuestros más destacados creadores, fue testimoniada en un bello catálogo, para el placer de los amantes de la plástica y la poesía.


Los artistas que interpretaron escenas, personajes o imágenes de la novela fueron:

Pedro Alcántara Herrán • Jim Amaral • Marlén Amaya • Rosenell Baud • Gastón Bettelli • Luis Cabrera • Manolo Colmenares • Nicolás De la Hoz • Eduardo Esparza • Fabiola Flórez Roncancio • María Victoria García • Roshi Gómez • Martha Guzmán • Filomeno Hernández • Germán Londoño • Ángel Loochkartt • Fernando Maldonado • Guillermo Melo • Octavio Mendoza • Patricia Ortega • Dioscórides Pérez • Camilo Pinto • Jaime Pinto • Jairo Pinto • Augusto Rendón • Patricia Tavera • Sergio Trujillo Béjar • Ricardo Villegas • Armando Villegas.

La Morada Fugitiva (Poesía, 2014): Comentarios


Habitar la poesía
Por Antonio Gamoneda
Vivir la poesía, habitar la poesía. Es ésta una circunstancia liminal que comporta el conocimiento, la advertencia extremada de un, a su vez extremado, hecho existencial: “Lo bello no es otra cosa que el comienzo de lo terrible”. Así diría Rainer Maria Rilke habiendo leído La morada fugitiva, el último libro de Gonzalo Márquez Cristo.
“Todo grito es sagrado”, dice en una ocasión del libro su autor. Repárese en la total acomodación de esta “bella” y “terrible” denotación al pensamiento rilkeano, con el que, por cierto, el poeta colombiano no ofrece afinidades que pudiéramos entender literarias. La línea citada es una muestra, fuera de contexto, de otra afinidad, más profunda, que puede darse, que se da de hecho, en no pocos excelentes poetas.
A “la flor que se abre en la tormenta” convoca también Márquez Cristo. Cierto: la flor de la poesía “se abre” en un mundo atormentado por los poderes fundamentados en la injusticia. Así, sin decirlo en términos informativos, queda dicho en la vigilada y tensa conducta de esta palabra poética.
No debe buscarse primordialmente en ella, en la palabra poética de Márquez Cristo, aunque no falte, una comunicación de carácter metapoético, pues importa mucho más entender que la poesía, la poesía que lo es, se confunde íntimamente con la vida; como un órgano más nuclear y necesario en ella, en la vida.
La poesía, sí, cabe que se manifieste “fugitiva”, pero la fugitiva retorna; retorna a su espacio natural, a la vida; una vez más y siempre, a la vida.


Ábrase con respeto, con acendrada cautela, este libro simultáneamente luminoso y profundo, apasionado y apasionante, escrito por Gonzalo Márquez Cristo.


"La morada fugitiva", óleo realizado por Armando Villegas para la portada del poemario


En la intemperie del poema
Por Armando Rojas Guardia

Decididamente enamora el luminoso castellano en el que está escrito La morada fugitiva. Su dicción es perfecta y su fraseo, majestuoso. Sus versos, trabajados como con pinzas de oro, son a menudo lapidarios y quedan por largo tiempo gravitando en la memoria del lector. El desarrollo, contundentemente armónico de la versificación, es en todo momento litúrgico, porque va sumergiéndonos en una atmósfera litánica de gravedad religiosa, a la manera de un salmo laico, de un conjuro o de un ensalmo.
La irreprochable belleza de este poemario en su aspecto formal no hace sino sacramentalizar la hermosura de su contenido. Se trata de una meditación lírica en torno a una apuesta existencial por la ontológica intemperie que significa escribir poesía. Para el poeta ésta supone e implica abandonar la seguridad de las certezas y caminar sobre la cuerda floja de un asumido desamparo: sólo cuenta esa indefensión consentida. Pero, como el acróbata circense, Gonzalo Márquez Cristo, al dar el salto mortal sobre la cuerda que pende en el vacío, huérfano voluntariamente de todo asidero, obtiene para él y para nosotros la recompensa de su propia danza exenta, el efímero y maravilloso movimiento que lleva a cabo su destreza. Los lectores celebramos emocionados el baile aéreo de esta poesía, tan íntima como solemne, tan limpia como entrañable. 

El maestro Villegas firmando la pintura

El fin de los techos
Por Adalber Salas Hernández

Si el hombre es trascendencia, ir más allá de sí, el poema es el signo más puro de ese continuo trascenderse, de ese permanente imaginarse. Octavio Paz

En algún sentido, en algún momento, todos nos hemos sabido perseguidos. No me refiero, por supuesto, a la paranoia usual, pedestre, que puede acompañar a cualquier ser humano por un período de su vida –o toda–, quizás justificadamente. Antes bien, se trata de una persecución que sólo podría calificarse de ontológica y que nos toca del modo más hondo, rodeándonos sin aceptar excusas o sobornos, sin comerciar con preguntas, sin conocer respuestas. Es la persecución que adivinamos en el abrazo amargo del tiempo. Es la persecución que entrevemos en las escenas recurrentes de nuestra memoria, donde los muertos –o los vivos haciéndose pasar por ellos– no señalan e interrogan. Es la persecución que implica el hecho mismo de hablar una lengua.
Porque quien habla, quien se halla en posesión de un lenguaje, es sujeto de ese lenguaje, es acosado por él. Se encuentra sujetado, maniatado por el don de la palabra. No sólo por los usos sociales de la lengua, que sancionan cuándo y de qué manera está permitido decir, sino también por las palabras mismas, cada una de ellas con su larga, invisible caravana de recuerdos. Los vocablos rebosan con un significado que no escogimos, lo llevan a cuestas y lo dejan caer en nuestra boca: es por ello que toda frase que pronunciamos suena a eco, pues contiene voces que no conocemos, pero que nos determinan. Nuestra lengua nos piensa tanto –o más– como nosotros la pensamos a ella. Ser, para el dotado del habla, es inevitablemente ser perseguido.
Ante esta sujeción, hay quienes optan por la fuga. Sin embargo, no se trata de una huida cualquiera, pues el ser humano no puede huir de la lengua; se trata, en todo caso, de aprender a subvertir cada sílaba de cada oración, hallando en ellas ese espacio vacío, esa tierra de nadie, donde no significan, donde es posible imaginar para ellas un sentido insólito. Quienes deciden intentar este escape, no se fugan de la lengua, sino hacia la lengua, hacia la terra incognita que hay en ella. Quienes escogen este camino, no pueden abandonarlo luego, sin importar que lo recorran en prosa o en verso, en relatos, ensayos o poemas.
Gonzalo Márquez Cristo es uno de ellos. Ha escogido hacer en el lenguaje poético su morada fugitiva, su hogar que es viaje interminable. Y no es azaroso que sea justamente ese el título de su último libro: La morada fugitiva. En este volumen cuajan décadas de experiencia huyendo de los cercos del lenguaje a través de las vías –de las venas– secretas de la poesía.
Ya entre sus primeras páginas, podemos topar con versos como estos:
Amanece:
Las palabras se vuelven transparentes
Al salir veo cómo se abre el silencio.

Hay un idioma que sólo hablan
Quienes acaban de nacer.


Gonzalo Márquez. Fotografía de Nereo López


El poema del que forman parte se titula “Ars mutandi”, y no en vano: nos llevan, como lectores, a la escena de la salida, que también lo es de profunda transformación, pues en ella ocurre el primer atisbo de una palabra deslastrada de historias y conceptos. Una suerte de materia semántica pura, translúcida, apenas visible a esa hora indecisa en que el cielo se abre y amanece. Es exactamente a esa hora en que se parte en busca de ese idioma hecho con la arquitectura del silencio, sin importar si se escribe de noche, durante la tarde o con el primer sol de la mañana: siempre que se inaugura un texto que desea para sí un lenguaje desasido, aliento húmedo de origen, se escribe en pleno amanecer.
Pero inmediatamente luego de la partida, topamos con la incertidumbre. ¿Qué tierras son estas, móviles, que no aparecen en ningún mapa? Buscar el sentido insurrecto de las palabras implica poner en crisis todo lo que ellas aseguraban, apuntalaban en su sitio. Es canjear la memoria de las cosas por su negativo. Es por ello que Márquez Cristo se pregunta en el poema “Palabras para Eurídice”: ¿Quién conoce la geografía del olvido? Nadie puede asegurar estar familiarizado con ella; debe ser reinventada por cada viajero que la transite. Tal vez esta sería una manera de entender cada poema que leamos: un mapa dejado por quienes se internan en el olvido de la lengua.
La incertidumbre no da tregua. Debe ser sufrida en toda su extensión. Quien escribe buscando, primero tiene que perder la vista: La cicatriz del horizonte invade mis ojos, podemos leer en el texto “Llueve en el poema”. Pero es que solamente con ese horizonte cortando la mirada, puede hacerse patente hacia donde es necesario dirigirse. Ya abandonada la prisión de la lengua común, nada más queda avanzar en pos del hogar que es la lengua prometida:
Persigue la casa que navega
Consagra tu cuerpo sometido
Iníciate en la sed.
Así rezan –nunca mejor dicho– los versos pertenecientes a “Las muertes inconclusas”. El ansia mueve hacia esa nueva casa, brote inesperado en medio del destierro. El poeta, el viajero impenitente, sabe que su salvación se cifra en esa sed. “El hombre es el ser que padece su propia trascendencia”1, escribe María Zambrano en Los sueños y el tiempo, y entre su sentencia y la poética de Márquez Cristo hay una íntima consonancia. El ser humano se ve llamado a salir de sí, aunque tal empresa signifique su ruina. Quien escribe no sólo debe renunciar a las paredes y el techo de su cómodo universo simbólico a cambio del descampado, sino que incluso debe perder la propia voz, enronquecerla de tanta sed, para aprender a hablar nuevamente.
El hogar inédito que buscan estos poemas está ya en ellos, fugaz. La morada que intentan se edifica cada vez que el poema se escribe, aunque sea para perderse poco después. Así lo confiesa el poema “La casa que huye”:
Y en la oscuridad cuando las palabras
Se agrandan, subo a mi voz.
Lo que di nunca ha regresado.
Esta es la casa que huye.

Dar lo que nunca volverá: otro aprendizaje brutal al que nos somete esta escritura. El ascenso hacia la propia voz es una labor que se lleva a cabo en condiciones arduas, ya que nada más puede hacerlo quien se ha iniciado en la sed. Esa sed que no se aplaca, que es la huella misma de la casa que huye, la que se busca en cada texto.
No puede ser de otra manera. El hogar que intenta esta poesía es, por definición, el lugar de lo inhóspito. Es una morada con paredes de lluvia, con un piso que siempre cambia, donde se padece calor y frío. Y sin techo, por supuesto: esta poesía decreta el fin de los techos.
Porque no se dedica a intentar una lengua inexpugnable, ni a tallar para sí un nombre que resista el embate de los elementos. Porque ha hecho del desalojo su oficio. Está cosida por preguntas, esta poética, ya que es la forma retórica del descampado. “¿Quién no ha sufrido el destierro del lenguaje?”, se escucha en La morada fugitiva, el relato lírico, o poema en prosa, que titula y cierra el volumen. “¿Pero quién regresa a una casa que se mueve?”, se vuelve a escuchar en el mismo texto. “¿No es la poesía aquello que huye?”, oímos una vez más, en un texto que significativamente lleva por título esa interrogante. Preguntar es poner en crisis, es impugnar el sentido dado de las cosas. Transitar lo desconocido.
Y ello también conlleva “leer lo que no ha sido escrito”, para decirlo con las palabras que Giorgio Agamben consigna en Ninfas: “Las constelaciones celestes son, en este sentido, el texto original en que la imaginación lee lo que nunca ha sido escrito”.2 Esta frase bien podría valer por una profesión de intemperie. Desarticular los sentidos usuales de la lengua, producir un cortocircuito en la circulación del significado, para así hallar lo soslayado o lo nunca imaginado, es justamente aprender a leer lo que, por definición, es a-significante. Leer lo que no ha sido escrito: leer el afuera, es lo que entraña La morada fugitiva.
Lo cual no es, en la práctica de la escritura, más que invitar al afuera, hacer que habite en nuestras palabras. Así cada una de ellas estará marcada por él, tendrá la frente descubierta y los hombros dispuestos a un cielo implacable. La poética de Márquez Cristo lo comprende bien, como deja ver en estos versos pertenecientes al poema “Nadie tiene nombre en el origen”:
Esta noche la lluvia escribe en mis manos
Y sólo prevalece lo frágil.
Es imperativo experimentar aquí la muerte y el renacer de cada palabra: muerte de su sentido usual, condición necesaria para que se abra a la pluralidad de sentidos que lleva en el texto poético. Fabricar con la caducidad de las palabras una fortaleza no vista: esa paradójica fragilidad que prevalece.
Inventar lo que aún no existe: sin esta pulsión poética, no sería posible el desarrollo de ninguna lengua. Todos los hablantes participamos en ello, lo sepamos o no. Pero quien se entrega a la poética de lo descubierto, del cielo abierto y feroz, lo hace de un modo consciente. Un notable poeta venezolano supo ponerlo inmejorablemente en “La traducción es agua de mi tercera sed”, esas anotaciones publicadas en el volumen Acercamientos a Alfredo Silva Estrada: “Cuando el poeta comienza a escribir un poema parte de algo inexistente, de algo que todavía no es, que no está nominado: vacío impulsor, cúmulo confuso de experiencias que no bastan para constituir un cuerpo verbal, incompletitud, carencia, en fin, quién sabe, ni el mismo poeta lo sabe”.3 Si la lengua no cojeara, si la falta no fuera su núcleo constitutivo, su médula, la poesía no existiría. Y esta poética que despliega Márquez Cristo comprende bien que su misión no es suplir esa falta, sino explotarla: tomarla por labor y designio, construir ese cuerpo verbal, siempre incompleto, del cual todos participamos.
Valga decir: volver una y otra vez a ese primer silencio entrevisto, recrear el amanecer que signó la primera salida:
Poesía:
Insurrección del silencio
Sacrificio para una deidad extinta.
Estos versos se hallan al final de “Arte poética”, y no es casual la simetría que se establece entre ellos y los versos de “Ars mutandi”. En ambos el silencio se presenta como una necesidad –y en este último caso, como un trabajo a ser realizado, como una violencia a ser ejercida. Sacrificio es el vocablo que articula este deber. La revuelta del silencio, la entrada a los sentidos insólitos de los vocablos. Lúcidamente, la lengua es entonces sacrificada a la lengua: por esa vía la deidad extinta de las palabras pierde su rostro mortuorio y adquiere su cara inesperada.  
Esta poética despliega un estilo casi versicular, casi profético, que borra las fronteras entre la prosa y el verso, obligando al lenguaje a un más allá, a un descolocamiento que hace imposible situarlo en un solo espacio. Los versos quedan suspendidos, cada uno en su propia gravitación semántica, mostrándose en toda su extrañeza antes de declararse como parte de un conjunto mayor: el poema. Por eso empiezan todos en mayúsculas: marcan así su doble validez, cada uno en sí mismo y en función del conjunto.

No hay otra forma. Solamente así puede edificarse el hogar que huye: a través de la fuga misma de la lengua en la lengua. De ahí las frases, emblemáticas, del poema-relato “La morada fugitiva”: “Y ahora que la lengua se convierte en flecha, que nuestro origen fue proscrito, que el viento trae las herencias arrasadas, veremos nuevamente la morada fugitiva”. No más legados que carguen la sombra al caminar. No más origen opresivo, sólo origen en el horizonte. No más óxido en las sílabas, en las comisuras de los labios. Nada más la creación constante, siempre inconclusa, de la morada sin techos, la única que es fiel a las potencias del lenguaje. 

1. Zambrano, M. (2006). Los sueños y el tiempo. Madrid: Ediciones Siruela (p. 21).
2. Agamben, G. (2010). Ninfas. Trad. Antonio Gimeno Cuspinera. Valencia: Pre-Textos (p. 52).
3. Borzacchini, C. (2005). Acercamientos a Alfredo Silva Estrada. Caracas: Grupo Editorial Eclepsidra (p. 50).

La morada fugitiva de Gonzalo Márquez Cristo - Crítica


Hacer del devenir nuestro hogar más propio o la Ítaca impermanente

Por Juan Carlos Arboleda

Morar: habitar, residir de asiento en algún lugar. La anterior definición semántica de morada nos trae la connotación de permanencia, de identidad, de refugio, de protección. ¿De qué? Del tiempo; pero no del tiempo climático sino del tiempo ontológico.
Con ésta enigmática figura paradójica el poeta nos conduce a esta múltiple ambigüedad. La primera: el refugio se nos ha vuelto esquivo y estamos desamparados en la intemperie corriendo tras de él (¿muerte metafísica?)
La segunda, aún más pavorosa: nuestra morada se volvió el devenir mismo y lo único que nos salva es el nombre sacro primero del poema.
Zarathustra no deja de advertirnos: “Quien se cansa de vivir, degenera en eternidad”, como adhiriéndose a la segunda connotación de una filosofía dionisíaca del devenir.
Al escritor Gonzalo Márquez Cristo lo leo como un poeta metafísico de la ontología esencial de la existencia, que recusa constantemente a la realidad visible y al tiempo, en su búsqueda incansable de lo trascendente (sed de infinito).
Su poesía es invocadora, evocadora, provocadora del profundo pensar que significa la conmoción de existir.
Tanto la confesión del primer sustantivo adjetivado de morada (la cual es fugitiva), como sus proliferación de imágenes que invitan a pensar a través de la paradoja, nos llevan a una riqueza polisémica y polifónica de connotaciones ontológicas.
Porque sólo la paradoja poética nos podrá salvar del absurdo llano, plano, demasiado plano que estamos viviendo.
Su reclamo soteriológico es patente, y aún cuando señala a nuestra época como la protagonista de nuestra decadencia, se entrevé y atisba una sospecha permanente frente a las bondades del tiempo, de lo histórico; esa inclemencia de lo efímero, lo provisional, lo aleatorio. De hecho y derecho, su soteriología es a-histórica. En el devenir todos los refugios se han vuelto opacos. El nacimiento, la luz, el origen y lo visible no son confiables y llevan el estigma de una injusticia original (Anaximandro).
Todos los grandes sistemas metafísicos de sentido han muerto, y lo peor, hemos olvidado que han muerto. (¿Volver a Nietzsche?)
El poeta renueva esa crisis a efectos de salir del marasmo espiritual. Ya no es la luz por fuera de la caverna; ahora es el dolor de la herida la que nos hará recordar nuestra divinidad esencial y original, perdida por el olvido. Odiseo, olvidando volver a Ítaca, es despertado por el relámpago. Sólo que ésta Ítaca se ha vuelto “fugitiva”, impermanente.
“Un viaje precede a la vida”… Eso también dijo Ulises renunciando a Penélope, insistiendo en el extravío: que no haya morada ni sosiego que detengan mi huida.
Veamos las imágenes del temblor, inscritas en La morada fugitiva, que nos despiertan del sueño de las sombras de la caverna; falso refugio de las apariencias.
“La cicatriz del horizonte invade mis ojos”.
¿La del nacimiento, la del amanecer? El peor duelo es nacer.
“La jerarquía de lo invisible”.
¿Aquella que vela la belleza profunda? Hace mucho perdimos el rigor de la verticalidad y olvidamos que los dioses nos olvidaron.
“Liturgia del fuego”.
¿O el canto de lo efímero, la vida?
“Canta durante los ocasos; escucha al tiempo cerrando sus puertas; vive tu precaria eternidad”.
¿O los horrores de Saturno devorando a su propio hijo? ¿O los sacrificios aztecas colmando al sol de sangre? Porque ya no es la eternidad… es la intensidad del canto de nuestros duelos.
“Porque mi voz, mi rostro y mis manos migran”.
¿Quién se reconocerá en su destierro? Que todas las migraciones sean nuestra carta de ciudadanía.
“Tiempo de presencias abatidas”.
¿El anterior canto que podría ser de Zarathustra, de Hölderlin, de Heidegger, es una recusación en contra del presente, el más inauténtico tiempo de todos los tiempos?
¿Si ya no sabemos de nuestra propia ausencia, ¿cómo enterarnos del olvido del ser? Porque ya ni los entes son lo suficientemente presentes.
De todas formas, en una poesía de tonos místicos y a la vez críticos, no dejo de sentirme morbosamente atraído por ese desprecio alciónico hacia la realidad, entendida ésta, como las apariencias visibles que carecen de toda consistencia y esencia; que no pueden, como los dioses, reposar en sí-mismas.
Al respecto Heidegger nos dice:

“¿Quién capta en el tiempo que se desgarra algo permanente y lo detiene en la palabra?
Mas lo permanente lo instauran los poetas. ¿Qué es lo que instaura? El ser. El poeta nombra a los dioses y a todas las cosas en lo que son, en su esencia. Poetizar es el dar nombre original a los dioses”.
Citas de Heidegger tomadas de su ensayo “Hölderlin y la esencia de la poesía”.
¿La poesía?
Es la madre de la eternidad. Muertos todos los emisarios de lo eterno, sólo ella nos habla del tiempo anterior a todo tiempo en la imagen inmóvil del Eterno Retorno. Y en éste sentido, como afirma La morada fugitiva ella es un “sacrificio para una deidad extinta”: Heracles, Dionisos, Cristo.
Todas las economías de la eternidad están sometidas a la inclemencia histórica, esto es, nacen, crecen, envejecen y mueren. Porque padeciendo esa oscura sentencia hecha hace más de un siglo (“Dios ha muerto”), los estertores de un cristianismo moribundo han infectado nuestro aire. Ya nadie se reconoce en sus mitos atroces; ni siquiera de la primera caída.
Sólo la poesía, canto primero, podrá salvarnos.
Pero continuemos nuestro hondo diálogo con  Márquez Cristo:
 “Hay un idioma que sólo hablan quienes acaban de nacer”.
¿El asombro o el terror mudo? Después de todo, en el principio no fue el verbo; fue el canto: transfiguración de todos los lamentos por la fuga del ser intentando recuperarse por medio de la danza.
“Mis manos son raíces nómadas”.
Porque, para colmo de todas las atrocidades, los árboles también serán desterrados, obligados a vagar sin rumbo fijo.
“¿Desde cuándo leo el libro del fuego?”
Desde que leo la vida.
“La muerte ya nada nos enseña”.
¿Heidegger decapitado?
“Supe que la luz es la muerte; que el miedo me inventa; que todo misterio agoniza. Que siempre miente lo real”.
Su acercamiento y evocación al romántico Novalis es patente.
Es claro que al habernos sustraído del misterio, sólo nos quedamos con la incertidumbre, duda que nunca arriba al ser: apenas nos otorga la verdad. Sin embargo, quien es “inventado por el miedo”, es iluminado por la angustia auténtica de-veladora, emoción límite de lo metafísico: ese espejo mágico de la nada.
Con todo, volvemos a la recusación del místico Anaximandro en voz del poeta: “La primavera es una traición…” enunciado enigmático que enlaza con “sobrevivir equivale a una traición”.
¿Sed de ocaso? ¿Forjador de una voluntad para el abismo? ¿Soñador de desiertos? ¿Sospecha atroz de todo nacimiento?
Ningún origen es inocente.
“¿Hace cuánto me convertí en pregunta?”
Cuando caímos en la trampa de la palabra. Sin embargo, el poeta es rebelde en su esperanza original e insiste en la inocencia primera: “Sé que cuando devolvamos la palabra, los dioses retornarán…”
Existió un origen intacto, una primera palabra llamada inocencia, que nunca entendieron porque eran inocentes.
Pero si existió una primera palabra que fue inocencia, devino después de ésta, otra palabra que fue caída, consciencia desventurada de la culpa, y supimos de sus fatalidades en la verdad, en el conocimiento.
“Edipo, nadie pregunta para vivir …”
Ese error, ese errar, ese horror, como diría Octavio Paz, ha sido la hamartía de no elegir el árbol de la vida. Toda verdad, tarde que temprano, nos merma el ser.
Cuando el espíritu ha sido aniquilado por la verdad, de nada sirve sacarse los ojos.
 “¿Por qué sentiste que el sol se desplomaba al amanecer?”
Con dicho presagio absurdo, la serpiente emplumada instauraba el advenimiento del nihilismo azteca: la sangre no alcanzó para alimentar a nuestro sol. Hemos sido traicionados de nuevo por la luz.
Porque la voluntad de saber terminará aniquilando a la voluntad de poder. “Sócrates, escucha la música”.
Y en esto viene la ayuda del poeta con su voluntad de irrealidad.

La poesía de Gonzalo Márquez Cristo es un rescate del mito bajo un ojo crítico; una muy original hermenéutica de dichos símbolos que actualiza la grandeza y la belleza de la antigüedad para confrontar la bajeza del presente. Márquez Cristo evoca a Heráclito El “Oscuro”, y también a Anaximandro el “místico” (el silencio y las tinieblas supra-esenciales anteriores a cualquier murmullo), deshaciendo antinomias como alquimista de la edad media y proponiendo interrogantes del asombro. Nos devela que lo absolutamente distinto ha dejado de estar distante. “La historia del fuego es cantada por el agua” (Apocalipsis de la Rosa); ¿“Hasta cuándo debemos pagar todo lo que le hicimos a la noche”? (La palabra Liberada). “Oh prófugo de lo visible… Recuerda Edipo: nadie pregunta para vivir” (La morada fugitiva); imagen que vislumbra la filosofía y la poesía como una “aventura peligrosa” de quien se acerca a la verdad o al poder destructor de la lucidez.
La revelación podrá enceguecernos o salvarnos poniendo en riesgo nuestra existencia. La Esfinge fue aniquilada con el veneno del conocimiento y dicha desventura la padeció también Edipo. Saber es de por sí la Hybris que se paga con desgracia y su precio se llama sufrimiento (Prometeo). Toda duda será temeraria. La verdadera tragedia no está en Padecer; la verdadera tragedia está en Ver (Homero, Tiresias, Casandra, Hamlet).
Sólo quedará entonces
el consuelo de la memoria
y aceptar de nuevo que
la belleza profunda
es invisible.